¿En qué día fue crucificado Jesús?
Según el testimonio de los Evangelios y la tradición más antigua de la iglesia, Jesús fue crucificado un viernes, el día anterior al sábado de descanso judío, y resucitó al amanecer del domingo. Los cuatro Evangelios coinciden en que murió en el «día de la preparación», el viernes en que los judíos alistaban todo antes de que comenzara el sábado al caer la tarde (Mr 15:42; Lc 23:54; Jn 19:31). Esa es la lectura que ha sostenido la mayoría de los cristianos a lo largo de los siglos, y la que mejor armoniza el conjunto de los relatos.
Lo que dice la Biblia sobre el día
Los tres Evangelios sinópticos usan la misma expresión clave. Marcos lo dice sin rodeos: «era el día de preparación, es decir, la víspera del día de descanso» (Mr 15:42). Lucas añade que las mujeres vieron dónde lo sepultaban y «el día de descanso comenzaría pronto» (Lc 23:54). Juan, con su precisión habitual, señala que los líderes no querían dejar los cuerpos en las cruces durante el día de descanso, «sobre todo porque era el día de la preparación para un día muy sagrado» (Jn 19:31).
Para un judío del primer siglo, el día comenzaba al ponerse el sol. El sábado empezaba el viernes por la tarde. Por eso había prisa: José de Arimatea pidió el cuerpo de Jesús y lo sepultó apresuradamente antes del anochecer del viernes (Mr 15:42-46). Todo el cuadro encaja con una muerte el viernes por la tarde, un cuerpo en el sepulcro durante el sábado, y una tumba vacía el primer día de la semana, el domingo (Mr 16:1-2).
El problema de los «tres días»
Aquí surge la pregunta honesta que muchos se hacen. Jesús dijo que estaría «tres días y tres noches en el corazón de la tierra», como Jonás en el vientre del pez (Mt 12:40). De viernes por la tarde a domingo de madrugada no hay setenta y dos horas exactas. ¿Cómo se resuelve?
La clave está en cómo contaban los judíos el tiempo, no como nosotros. En la mentalidad hebrea, cualquier parte de un día contaba como un día entero. Lo vemos en otros pasajes: a Ester se le pide ayunar «tres días», y al «tercer día» ella actúa (Est 4:16; 5:1), sin esperar setenta y dos horas completas. Así, el viernes (parte de un día), el sábado (un día completo) y el domingo (parte de un día) suman «tres días» según el modo judío de contar. Por eso los Evangelios pueden decir indistintamente «al tercer día» y «después de tres días» refiriéndose al mismo intervalo (Mt 16:21; Mr 8:31). La frase «tres días y tres noches» era una expresión idiomática para ese período, no un cronómetro.
¿Y la teoría del miércoles o del jueves?
Algunos cristianos sinceros proponen un miércoles, precisamente para encajar setenta y dos horas literales antes del domingo. Otros sugieren el jueves. Vale la pena escuchar el argumento con respeto: nace de tomar muy en serio las palabras de Jesús sobre Jonás.
El detalle que invocan es que Juan menciona un día de descanso «muy sagrado» (Jn 19:31). Durante la semana de la Pascua había un sábado ceremonial especial, además del sábado semanal. La teoría del miércoles supone dos sábados esa semana. Sin embargo, la dificultad es seria: Lucas dice que las mujeres prepararon especias, «descansaron el día de descanso» y fueron al sepulcro «el primer día de la semana» (Lc 23:56–24:1). Eso describe un solo sábado pegado al domingo, no dos separados por días. Y si Jesús hubiera muerto el miércoles, el cuerpo habría permanecido en la tumba cuatro noches, no tres. La lectura del viernes exige menos suposiciones y respeta tanto los textos como el modo judío de contar los días. Por eso sigue siendo el consenso de la iglesia.
Por qué el día importa de verdad
Detenerse en el calendario puede parecer un ejercicio de erudición. No lo es. El viernes que llamamos «Santo» no es un dato de almanaque: es el día en que el Cordero de Dios fue inmolado en la fiesta misma de la Pascua, cumpliendo lo que cada cordero sacrificado había anunciado durante siglos (1 Co 5:7). Juan lo enmarca con cuidado: mientras en el templo se degollaban los corderos pascuales, en el Gólgota moría el verdadero Cordero «que quita el pecado del mundo» (Jn 1:29).
Hubo oscuridad sobre la tierra desde el mediodía hasta las tres de la tarde (Mr 15:33). Hubo un grito: «¡Todo ha terminado!» (Jn 19:30). Y luego, un silencio. El sábado fue un día de espera, de tumba sellada, de discípulos rotos. Lo que para ellos parecía el fin era, en el plan de Dios, el cumplimiento. La cuenta de los días nos recuerda que la salvación ocurrió en la historia real, en fechas concretas, no en un mito atemporal.
Por eso el día siguiente al sábado lo cambió todo. Si el viernes Cristo cargó nuestro pecado, el domingo Dios declaró que el pago fue aceptado al levantarlo de entre los muertos (Ro 4:25). Contamos los días desde aquella cruz porque desde allí se cuenta nuestra esperanza.
Referencias bíblicas clave
Mr 15:42 · Lc 23:54 · Jn 19:31 · Mt 12:40 · Mr 16:1-2 · Jn 20:1 · 1 Co 5:7 · Mt 16:21