Mar
El mar aparece en casi todas las páginas de la geografía bíblica y en muchas de su poesía. La palabra hebrea yam aparece cerca de cuatrocientas veces, y la griega thalassa casi cien. Puede designar una masa de agua concreta, como el Mediterráneo, el Mar Rojo, el Mar Salado o el mar de Galilea; puede referirse a un gran depósito de bronce fundido para el templo; y puede representar las fuerzas indómitas del mundo que solo Dios controla.
Para Israel, pueblo de montes y valles con pocos puertos naturales, el mar era más frontera y amenaza que camino. Sin embargo, la Escritura nunca lo presenta como un poder rival. Desde el primer capítulo de Génesis las aguas obedecen a la palabra de Dios, que las junta en un lugar y las llama mares (Génesis 1:9-10). El mismo Señor que abrió el Mar Rojo para Israel se revela en Jesús, que reprende al viento y dice al mar: Calla, enmudece (Marcos 4:39). Y la última visión de la Biblia anuncia un cielo nuevo y una tierra nueva donde el mar ya no existe más (Apocalipsis 21:1).
1. Etimología y significado
El hebreo yam es una palabra semítica común. En los textos ugaríticos de Canaán, Yam es también el nombre de un dios del mar que lucha contra Baal. El Antiguo Testamento usa el mismo vocabulario, pero lo despoja de toda divinidad: el mar es criatura, no dios. Como el Mediterráneo está al oeste de la tierra de Israel, yam llegó a significar también occidente, y la expresión hacia el mar quiere decir simplemente hacia el occidente (Génesis 28:14). En ocasiones la palabra designa un gran río, como el Nilo (Isaías 19:5).
Muy cercana es tehom, el abismo, las aguas primordiales sobre las que había tinieblas antes de la creación (Génesis 1:2). En el Nuevo Testamento thalassa se usa tanto para el Mediterráneo como, siguiendo el uso semítico local, para el mar de Galilea; Lucas, que escribe para un público griego más amplio, prefiere limnē, lago (Lucas 5:1; 8:22-23).
2. Contexto histórico y uso bíblico
El Mediterráneo
El Mediterráneo se llama el Mar Grande (Números 34:6; Josué 1:4), el mar occidental (Deuteronomio 11:24) y el mar de los filisteos (Éxodo 23:31). Formaba la frontera occidental de la tierra prometida. La costa de Israel tenía pocos buenos puertos, y la navegación pertenecía sobre todo a los fenicios; la endecha de Ezequiel sobre Tiro retrata a la ciudad como una gran nave mercante (Ezequiel 27). Jonás huyó de Jope hacia Tarsis por este mar (Jonás 1:3), y siglos después Pablo lo cruzó en sus viajes misioneros y sobrevivió a un naufragio camino de Roma (Hechos 27).
El Mar Rojo
El hebreo yam suph, tradicionalmente Mar Rojo, significa literalmente mar de juncos. Es el mar del éxodo (Éxodo 13:18; 15:4, 22), y el mismo nombre se usa para el golfo de Áqaba, donde Salomón construyó naves en Ezión-geber (1 Reyes 9:26). El lugar exacto del cruce es debatido, y el sentido mar de juncos ha llevado a algunos a proponer un lago pantanoso al norte del golfo de Suez. Sea cual sea el lugar, el texto insiste en que las aguas se dividieron, fueron como muro y volvieron para cubrir al ejército de Faraón (Éxodo 14:21-28).
El Mar Salado
El mar Muerto se llama Mar Salado (Génesis 14:3; Números 34:3, 12), mar del Arabá (Deuteronomio 3:17; Josué 3:16) y mar oriental (Ezequiel 47:18; Joel 2:20). Está en el punto más bajo de la superficie terrestre y sus aguas no sostienen peces. Por eso es tan impresionante la visión de Ezequiel: un río que sale del templo sanea las aguas saladas, y los pescadores tienden sus redes desde En-gadi (Ezequiel 47:8-10).
El mar de Galilea
El lago de agua dulce del norte se llama mar de Cineret (Números 34:11; Josué 12:3), lago de Genesaret (Lucas 5:1) y mar de Tiberias (Juan 6:1; 21:1). Gran parte del ministerio de Jesús ocurrió en sus orillas: allí llamó a pescadores para que lo siguieran (Marcos 1:16-20), enseñó desde una barca, calmó la tempestad, anduvo sobre el agua y, después de la resurrección, preparó comida para sus discípulos junto al lago (Juan 21:1-14).
El mar de fundición del templo
Salomón hizo que Hiram fundiera un gran depósito redondo llamado mar, de diez codos de un borde al otro, cinco de alto y treinta de circunferencia, asentado sobre doce bueyes de bronce, tres mirando hacia cada dirección (1 Reyes 7:23-26). Según Crónicas, era para que los sacerdotes se lavaran en él (2 Crónicas 4:2-6). Reyes da su capacidad como dos mil batos y Crónicas como tres mil (1 Reyes 7:26; 2 Crónicas 4:5); la diferencia puede reflejar medidas distintas o la distinción entre uso normal y capacidad total, y el texto no la explica. El rey Acaz lo quitó después de sobre los bueyes (2 Reyes 16:17), y los babilonios lo quebraron y se llevaron el bronce (2 Reyes 25:13; Jeremías 52:17, 20).
3. Pasajes principales
Génesis 1:2, 9-10 y 21 ponen el fundamento. El abismo no es un enemigo que Dios deba vencer, sino materia que él ordena. Junta las aguas, les pone nombre y las llena de seres vivientes, incluidos los grandes monstruos marinos, que él crea y bendice.
Job 38:8-11 muestra al Señor preguntando a Job quién encerró con puertas el mar cuando se derramaba saliéndose de su seno, y quién dijo: hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante, y ahí parará el orgullo de tus olas. Proverbios 8:29 y Jeremías 5:22 repiten la idea: Dios puso al mar un límite que no puede traspasar. Salmo 93:3-4 responde al estruendo de las aguas con una confesión: Jehová en las alturas es más poderoso que las recias ondas del mar.
Éxodo 14-15 muestra ese poder obrando para salvación. Jehová hizo retirar el mar, Israel pasó en seco, y Moisés cantó que el caballo y el jinete fueron echados en el mar (Éxodo 15:1). Poetas posteriores recuerdan el éxodo como victoria sobre el mar mismo (Salmo 74:13; Salmo 77:19; Isaías 51:10), y Pablo ve en él una figura del bautismo (1 Corintios 10:1-2).
Marcos 4:35-41 es la escena decisiva del Nuevo Testamento. Mientras Jesús dormía, una gran tempestad llenaba la barca; los discípulos lo despertaron, y él reprendió al viento y dijo al mar: Calla, enmudece. La calma fue inmediata, y los discípulos se preguntaron: ¿Quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen? La pregunta tiene respuesta en los Salmos: es Jehová quien tiene dominio sobre la braveza del mar (Salmo 89:9), quien cambia la tempestad en sosiego y apacigua las ondas (Salmo 107:29), quien solo anda sobre las olas del mar (Job 9:8). Cuando Jesús camina sobre el agua (Mateo 14:22-33; Juan 6:16-21), hace lo que la Escritura atribuye a Dios.
Apocalipsis 21:1 cierra la historia: vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más.
4. Significado teológico
En la Escritura el mar es parte real de la buena creación de Dios, lleno de vida y de maravillas (Salmo 104:24-26). Al mismo tiempo, su poder inquieto y destructor lo convierte en imagen de todo lo que amenaza la vida y el orden. Las naciones rugen como el estruendo de los mares (Isaías 17:12), los impíos son como el mar en tempestad que no puede estarse quieto (Isaías 57:20), y en Daniel y en Apocalipsis las bestias que se oponen al pueblo de Dios suben del mar (Daniel 7:2-3; Apocalipsis 13:1). Textos poéticos hablan incluso de Rahab y de Leviatán, monstruos marinos aplastados por el Señor (Salmo 74:13-14; Job 26:12; Isaías 51:9). A diferencia de los mitos de los pueblos vecinos, sin embargo, la Biblia nunca presenta una lucha real: el mar es siempre criatura bajo la mano del Creador.
Por eso la tempestad calmada es tan importante para la cristología. Jesús no ora pidiendo que la tempestad cese; la reprende, como solo el Dios de Israel podía hacerlo. El miedo de los discípulos a la tormenta se convierte en temor ante aquel que es mayor que la tormenta.
La promesa de que el mar ya no existirá (Apocalipsis 21:1) se lee mejor a la luz de este simbolismo. No significa necesariamente que la nueva tierra no tendrá agua, pues un río de agua de vida sale del trono (Apocalipsis 22:1). El mar como origen de la bestia, lugar de los muertos (Apocalipsis 20:13) e imagen del caos y de la separación no tendrá lugar en la nueva creación. Algunos añaden que Juan, desterrado en la isla de Patmos (Apocalipsis 1:9), sentía el mar como la barrera que lo separaba de las iglesias; es una lectura plausible, pero es sugerencia y no el punto explícito del texto.
El mar de fundición del templo hablaba de purificación: los sacerdotes debían lavarse antes de servir en la presencia del Dios santo. Algunos intérpretes lo relacionan con el mar de vidrio semejante al cristal delante del trono de Dios (Apocalipsis 4:6; 15:2); la conexión es posible, pero la Escritura no la afirma directamente.
5. Legado y referencias canónicas
El mar ofrece algunas de las promesas más memorables de la Biblia. Dios echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados (Miqueas 7:19). La tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová como las aguas cubren el mar (Habacuc 2:14; compárese Isaías 11:9). Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena (Eclesiastés 1:7). El descenso de Jonás al corazón de los mares (Jonás 1-2) llegó a ser la señal de la muerte y resurrección de Jesús (Mateo 12:40). El que llama a las aguas del mar y las derrama sobre la faz de la tierra, Jehová es su nombre (Amós 5:8).
6. Aplicación para hoy
Muchos creyentes atraviesan tormentas que parecen el mar: enfermedad, pérdida, ansiedad, fuerzas mucho mayores que ellos. La Escritura no niega que las olas sean reales. Declara que tienen límites fijados por Dios y que el Señor Jesús está con su pueblo en la barca, capaz de decir: Calla, enmudece.
El mar también invita a la humildad. Aquel que le fijó los límites es digno de confianza y de temor. Y da esperanza: el pecador perdonado puede descansar en la promesa de que Dios ha echado sus pecados en lo profundo del mar, y toda la iglesia puede esperar el día en que todo caos, toda separación y toda muerte habrán pasado, porque en la nueva creación el mar ya no existe más.