Bautismo
El bautismo es el rito de lavamiento con agua que marca la entrada de una persona en la comunidad de los discípulos de Jesucristo. Aparece primero en el ministerio de Juan el Bautista, lo recibe el mismo Jesús en el Jordán, lo ordena el Señor resucitado en la gran comisión (Mt 28:19) y lo practica la iglesia apostólica desde el día de Pentecostés (Hch 2:38-41).
El Nuevo Testamento explica el bautismo, sobre todo, como señal de la unión con Cristo en su muerte y resurrección (Ro 6:3-4; Col 2:12). En la teología evangélica protestante es una ordenanza, o sacramento, instituida por Cristo: señal visible de la gracia recibida por la fe, y no una obra que salva por sí misma. Los cristianos han discrepado durante siglos sobre quién debe ser bautizado y de qué manera; este artículo presenta los datos bíblicos y menciona esas diferencias con brevedad y respeto.
1. Etimología y significado
La palabra viene, a través del latín, del griego baptizō, forma derivada de baptō, “sumergir”. Su sentido básico es “sumergir, zambullir, hundir” y, por extensión, “lavar”. En el Antiguo Testamento griego, Naamán “se zambulló” (ebaptisato) siete veces en el Jordán (2 R 5:14). En los Evangelios el verbo puede describir también lavamientos rituales comunes, como cuando un fariseo se extrañó de que Jesús no se lavara antes de comer (Lc 11:38; véase Mr 7:4).
El sustantivo baptisma, “bautismo”, se usa en el Nuevo Testamento para el rito de Juan y de la iglesia, mientras que baptismos suele designar lavamientos ceremoniales (He 6:2; 9:10). A Juan se le llama ho baptistēs, “el Bautista”, es decir, “el que bautiza”. El Antiguo Testamento no tiene una palabra específica para bautismo, pero prescribe muchos lavamientos purificadores con agua (Lv 15; Nm 19), que forman parte del trasfondo del rito.
2. Contexto histórico y uso bíblico
El trasfondo
La Ley exigía lavamientos para restaurar la pureza ritual, y los profetas prometieron una purificación más profunda: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados”, junto con un corazón nuevo y el Espíritu de Dios dentro (Ez 36:25-27; véase Zac 13:1). En tiempos de Jesús, la comunidad de Qumrán practicaba inmersiones rituales repetidas. Fuentes judías describen también una inmersión para gentiles convertidos, pero si esa práctica ya existía antes de Juan es cuestión debatida.
El bautismo de Juan
Juan apareció en el desierto “predicando el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados” (Mr 1:4), y la gente era bautizada por él en el Jordán, confesando sus pecados (Mt 3:6). Más tarde bautizaba en Enón, junto a Salim, “porque había allí muchas aguas” (Jn 3:23). Su bautismo era preparatorio: él bautizaba con agua, pero anunciaba a uno más poderoso que bautizaría en Espíritu Santo y fuego (Mt 3:11). Jesús afirmó que el bautismo de Juan venía del cielo (Mt 21:25).
El bautismo de Jesús
Cuando Jesús vino para ser bautizado, Juan quiso impedírselo, pero Jesús respondió que convenía “cumplir toda justicia” (Mt 3:13-15). El Hijo sin pecado se identificó con el pueblo pecador cuyo lugar había venido a ocupar. Al subir del agua, los cielos se abrieron, el Espíritu descendió como paloma y la voz del Padre declaró: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mt 3:16-17), palabras que evocan Sal 2:7 e Is 42:1. Allí aparecen juntos el Padre, el Hijo y el Espíritu. Más tarde Jesús llamó “bautismo” a su sufrimiento (Mr 10:38; Lc 12:50), y durante su ministerio sus discípulos también bautizaban (Jn 4:1-2).
El bautismo en la iglesia apostólica
Después de la resurrección, Jesús mandó: “Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt 28:19). El libro de Hechos muestra cómo se obedece este mandato: unos tres mil bautizados en Pentecostés (Hch 2:41), hombres y mujeres en Samaria (Hch 8:12), el eunuco etíope (Hch 8:36-38), Saulo de Tarso (Hch 9:18), Cornelio y su casa (Hch 10:47-48), Lidia y el carcelero de Filipos con sus familias (Hch 16:15, 33), muchos corintios (Hch 18:8) y discípulos de Juan en Éfeso (Hch 19:1-7). El patrón es constante: se predica el evangelio, las personas se arrepienten y creen, y son bautizadas sin demora.
3. Principales pasajes
Mt 28:19-20. El bautismo forma parte de la misión de la iglesia hasta el fin del mundo. Se administra “en el nombre” del Dios trino, es decir, pone a la persona bajo su pertenencia y su cuidado, y va unido a la enseñanza de los discípulos para que guarden todo lo que Cristo mandó.
Hch 2:38-39. Pedro llama a sus oyentes a arrepentirse y bautizarse en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, con la promesa del Espíritu Santo, promesa que es “para vosotros, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos”. Arrepentimiento y bautismo aparecen unidos como respuesta al evangelio.
Ro 6:3-4. Los que fueron bautizados en Cristo Jesús fueron bautizados en su muerte; fueron sepultados juntamente con él para que, como Cristo resucitó, también anden en vida nueva. El bautismo retrata la unión del creyente con Cristo y, por tanto, una ruptura con la vieja vida de pecado.
Col 2:11-12. Los creyentes recibieron una circuncisión no hecha a mano, al ser sepultados con Cristo en el bautismo y resucitados con él “mediante la fe en el poder de Dios”. El texto vincula el bautismo con la señal del pacto que era la circuncisión y subraya que su realidad se recibe por la fe.
1 P 3:20-21. Recordando a Noé y a las ocho personas salvadas por agua, Pedro dice que el bautismo ahora salva, “no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios, por la resurrección de Jesucristo”. El poder no está en el agua, sino en el Cristo resucitado, a quien el creyente invoca.
4. Significado teológico
El bautismo es, ante todo, señal de unión con Cristo. Pablo dice que todos los que han sido bautizados en Cristo “de Cristo están revestidos” (Gá 3:27) y que por un solo Espíritu todos fueron bautizados en un cuerpo (1 Co 12:13). Es también señal del lavamiento de los pecados (Hch 22:16), del don del Espíritu y de la entrada en la iglesia visible. Hay “un Señor, una fe, un bautismo” (Ef 4:5).
Los evangélicos protestantes afirman que somos salvos por gracia, por medio de la fe, y no por obras (Ef 2:8-9). El bautismo no produce la fe automáticamente; significa y confirma, para los que creen, lo que Cristo hizo. Pablo pudo decir que Cristo no lo envió a bautizar, sino a predicar el evangelio (1 Co 1:17), lo cual muestra que el rito está al servicio del mensaje. Aun así, el bautismo no es opcional: es mandamiento del Señor y la confesión pública normal de la fe. Algunas tradiciones, como la luterana, atribuyen al rito una eficacia mayor; esas diferencias existen incluso entre protestantes.
Cristianos fieles también discrepan sobre quién debe ser bautizado. Las iglesias presbiterianas, reformadas, anglicanas, luteranas y metodistas bautizan a los hijos pequeños de los creyentes, entendiendo el bautismo como señal del pacto que corresponde a la circuncisión (Col 2:11-12) y recordando la promesa “para vuestros hijos” (Hch 2:39) y los bautismos de familias enteras. Las iglesias bautistas y muchos otros evangélicos bautizan solo a quienes profesan la fe personalmente, observando que en el Nuevo Testamento el bautismo sigue regularmente al arrepentimiento y la fe. En cuanto al modo, muchos practican la inmersión, que concuerda con el sentido de la palabra y con la imagen de la sepultura (Ro 6:4), mientras otros usan efusión o aspersión; un antiguo manual cristiano, la Didaché (7), ya permitía derramar agua cuando escaseaba. Ambas posturas confiesan un solo Señor y la salvación solo por gracia.
5. Legado y referencias canónicas
El Nuevo Testamento ve anticipos del bautismo en la historia de Israel: los padres “en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar” (1 Co 10:1-2), y la familia de Noé fue salvada por agua (1 P 3:20-21). Los creyentes son descritos como “lavados los cuerpos con agua pura” (He 10:22), y Pablo habla del “lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tit 3:5), versículo que muchos relacionan con el bautismo, aunque los intérpretes discrepan sobre si se refiere al rito mismo.
Desde el siglo II, la iglesia preparaba con cuidado a los convertidos para el bautismo y confesaba su fe con la fórmula trinitaria de Mt 28:19, que dio forma a los primeros credos. La Reforma recuperó la primacía de la Palabra y de la fe; los anabaptistas del siglo XVI y más tarde los bautistas defendieron el bautismo de creyentes, mientras que los reformadores magisteriales mantuvieron el bautismo de niños. El debate continúa, pero todas estas tradiciones reconocen el bautismo como mandamiento de Cristo y señal de pertenecer a él.
6. Aplicación para hoy
Para el creyente, el bautismo es un recordatorio de identidad. Sean cuales sean nuestras faltas, hemos sido marcados con el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La conclusión de Pablo en Ro 6 es práctica: consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús (Ro 6:11), y no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal.
Si confías en Cristo y aún no has sido bautizado, el Nuevo Testamento te invita a dar ese paso de obediencia sin vergüenza, confesando públicamente al Señor que te salvó. Si fuiste bautizado hace mucho, vuelve con frecuencia a su significado: fuiste sepultado con Cristo y resucitado para andar en vida nueva. Y donde los cristianos discrepan sobre el bautismo, la misma Escritura nos llama a sostener nuestras convicciones con conciencia y a amarnos unos a otros como miembros de un solo cuerpo, unidos por un Señor y una fe.