Expiación
Expiación es la palabra bíblica para lo que Dios hace con el pecado a fin de que un pueblo culpable pueda vivir en comunión con un Dios santo. En el Antiguo Testamento se expresa sobre todo por el verbo hebreo kaphar y por el sistema de sacrificios, especialmente el Día de la Expiación anual descrito en Levítico 16. En el Nuevo Testamento la misma realidad se anuncia como cumplida en la muerte de Jesucristo, el único sacrificio que de verdad quita el pecado.
Esta entrada de diccionario ofrece un panorama bíblico conciso: el vocabulario, las instituciones del culto de Israel, los pasajes centrales y el modo en que los apóstoles los leyeron a la luz de la cruz. La discusión doctrinal más amplia se encuentra en el artículo de teología sobre el mismo tema.
1. Etimología y significado
El verbo hebreo central es kaphar (כָּפַר), normalmente en la forma intensiva kipper, traducido “hacer expiación”. Los estudiosos debaten el sentido de la raíz. Algunos lo relacionan con “cubrir” (compárese el acadio kuppuru, “limpiar, purgar”); otros lo vinculan con el sustantivo kopher (כֹּפֶר), “rescate”, el precio pagado para liberar una vida (Éxodo 30:12; 21:30). Ambas ideas encajan en el uso bíblico: la expiación purifica la contaminación y también paga el precio que exige el pecado, apartando la justa ira de Dios.
Entre las palabras afines están kippurim (כִּפֻּרִים), “expiaciones”, como en Yom Kippurim, el Día de la Expiación (Levítico 23:27-28), y kapporet (כַּפֹּרֶת), la cubierta de oro del arca, llamada “propiciatorio” (Éxodo 25:17-22). En el Antiguo Testamento griego y en el Nuevo Testamento los términos clave son hilaskomai (“propiciar, hacer expiación”), hilasmos (“propiciación”, 1 Juan 2:2; 4:10) e hilasterion (“propiciatorio” o “propiciación”, Romanos 3:25; Hebreos 9:5).
2. Contexto histórico y uso bíblico
El sacrificio en Israel
El lenguaje de la expiación recorre las ofrendas levíticas. El holocausto es aceptado “para expiación” del oferente (Levítico 1:4), y la ofrenda por el pecado y la ofrenda por la culpa terminan una y otra vez con la fórmula de que el sacerdote “hará expiación por él, y será perdonado” (Levítico 4:20, 26, 31, 35). El patrón es constante: un animal sustituto muere, el sacerdote aplica su sangre y Dios concede el perdón.
El Día de la Expiación
Levítico 16 describe el día más solemne del año de Israel, el décimo día del mes séptimo. Solo ese día, y después de que la muerte de Nadab y Abiú mostrara el peligro de acercarse sin cuidado (16:1-2), el sumo sacerdote entraba en el Lugar Santísimo. Primero ofrecía un becerro por su propio pecado (16:6, 11). Luego se echaban suertes sobre dos machos cabríos (16:8). Uno se degollaba como ofrenda por el pecado del pueblo, y su sangre se esparcía sobre el propiciatorio y delante de él (16:15), purificando el santuario de las impurezas de Israel (16:16). Sobre el segundo el sumo sacerdote ponía ambas manos, confesaba todas las iniquidades del pueblo y lo enviaba al desierto, llevando sobre sí los pecados a tierra inhabitada (16:21-22). El sentido de “Azazel” (16:8, 10) es incierto: puede nombrar al macho cabrío que se va, un lugar remoto o un poder del desierto, y los intérpretes siguen divididos. El propósito del día se declara con claridad: “en este día se hará expiación por vosotros, y seréis limpios de todos vuestros pecados delante de Jehová” (16:30). El pueblo debía afligir sus almas y no hacer obra alguna (16:29, 31; 23:27-32).
Expiación más allá del altar
El verbo aparece también donde no se ofrece ningún animal. Moisés sube a interceder por Israel después del becerro de oro, diciendo: “quizá le aplacaré acerca de vuestro pecado” (Éxodo 32:30). El incensario de Aarón detiene la mortandad (Números 16:46-48), y el celo de Finees “hizo expiación por los hijos de Israel” (Números 25:13). Estos textos muestran que la expiación tiene que ver con apartar el juicio, no solo con la pureza ritual.
3. Pasajes principales
Levítico 17:11 da la razón de todo el sistema: “la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona”. La sangre no es magia; representa una vida entregada en la muerte, y es Dios mismo quien la provee (“yo os la he dado”). La expiación es, por tanto, un don de la gracia antes que una obra humana.
Isaías 53 lleva la idea de los animales a una persona. El Siervo fue “herido por nuestras rebeliones” (53:5), Jehová cargó en él “el pecado de todos nosotros” (53:6), y su vida se pone “en expiación por el pecado” (53:10). Jesús habló de dar su vida “en rescate por muchos” (Marcos 10:45).
Romanos 3:25 dice que Dios puso a Cristo Jesús “como propiciación por medio de la fe en su sangre”, para que Dios sea justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús (3:26). La palabra hilasterion recuerda el propiciatorio: el lugar donde la sangre se encontraba con la ira de Dios es ahora una persona.
Hebreos 9:11-14 lee directamente Levítico 16. Cristo entró “una vez para siempre en el Lugar Santísimo, no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, habiendo obtenido eterna redención” (9:12). Si la sangre de animales santificaba para la purificación de la carne, “¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (9:14). La carta añade que es imposible que la sangre de animales quite los pecados (10:4) y que con una sola ofrenda Cristo hizo perfectos para siempre a los santificados (10:14).
1 Juan 2:2 declara que Jesucristo el justo “es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”. Y 1 Juan 4:10 lo arraiga en el amor: Dios “envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”.
4. Significado teológico
La Escritura presenta la expiación desde varios ángulos que van juntos. Es sustitutiva: una víctima inocente muere en lugar del culpable (Levítico 16:21-22; 2 Corintios 5:21; 1 Pedro 2:24; 3:18). Es propiciatoria: la santa ira de Dios contra el pecado queda realmente satisfecha, no ignorada. Es expiatoria en sentido estricto: la culpa y la contaminación son lavadas y quitadas. Y produce reconciliación: los que eran enemigos ahora tienen paz con Dios (Romanos 5:10-11).
La iniciativa es siempre de Dios. Él da la sangre (Levítico 17:11), él pone la propiciación (Romanos 3:25) y muestra su amor en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros (Romanos 5:8). Los ritos del Antiguo Testamento eran medios reales de gracia para Israel, pero eran “la sombra de los bienes venideros” (Hebreos 10:1), repetidos año tras año porque no podían terminar la obra. El sacrificio de Cristo es definitivo; por eso el velo del templo se rasgó en su muerte (Mateo 27:51) y los creyentes pueden ahora acercarse con libertad (Hebreos 10:19-22).
5. Legado y referencias canónicas
El tema recorre todo el canon: el carnero provisto en lugar de Isaac (Génesis 22:13), la sangre de la Pascua (Éxodo 12:13), las ofrendas sacerdotales de Levítico, el Siervo sufriente de Isaías 53, los relatos de la pasión en los Evangelios, la enseñanza de Pablo sobre la justificación, el largo argumento de Hebreos 7 a 10 y la adoración al Cordero que fue inmolado (Apocalipsis 5:9). Tras la destrucción del templo en el año 70 d.C., el judaísmo siguió guardando el Yom Kipur con ayuno y oración, pero sin sacrificio. La teología cristiana ha explorado la cruz con muchas imágenes, pero el centro bíblico sigue siendo un Dios santo que, por amor, provee un sustituto que lleva la pena del pecado.
6. Aplicación para hoy
La expiación responde al problema humano más profundo: la culpa delante de Dios. Ningún esfuerzo, rito o buena intención puede quitarla, pero la sangre de Cristo limpia la conciencia (Hebreos 9:14). El creyente no necesita traer otro sacrificio ni intentar ganarse el perdón; la obra está consumada.
Esta verdad también moldea la vida diaria. Da seguridad cuando confesamos el pecado (1 Juan 1:9), humildad porque el perdón es un regalo y libertad para servir al Dios vivo. Y como Cristo es la propiciación por los pecados de todo el mundo, el mensaje de la expiación debe anunciarse a todos. Hoy, lleva tu pecado con sinceridad a Dios, descansa en el sacrificio que él proveyó y acércate por medio de Jesús con un corazón limpio.