Comentario de Salmos 135

Salmos 135 es un himno de alabanza que convoca al pueblo de Israel a celebrar la bondad y el poder soberano de Dios. El salmista contrasta la grandeza del Señor, creador y dueño de la historia, con la futilidad de los ídolos paganos. La estructura recuerda a un canto litúrgico, posiblemente usado en las fiestas del templo. El capítulo no solo exalta a Dios por sus obras en la creación y en el éxodo, sino que también afirma su señorío sobre todas las naciones. Es un llamado a la adoración exclusiva, fundamentado en quién es Dios y lo que ha hecho.

Contexto histórico

Este salmo pertenece al grupo de los «himnos de alabanza» del Salterio, y su estilo y contenido lo emparentan con otros salmos como el 115, 136 y el 150. La referencia a «la casa de Jehová» y a los «atrios de la casa de nuestro Dios» (v. 2) sugiere un contexto litúrgico, probablemente en el templo de Jerusalén durante una de las grandes fiestas de peregrinación (Pascua, Pentecostés o Tabernáculos).

El salmista hace un recorrido por la historia de Israel: la elección de Jacob (v. 4), el éxodo de Egipto (vv. 8-9) y la conquista de Canaán (vv. 10-12). Este repaso no es meramente informativo; es una confesión de fe que vincula la identidad del pueblo con la acción redentora de Dios. La polémica contra los ídolos (vv. 15-18) refleja la lucha constante de Israel contra la idolatría de las naciones vecinas, especialmente en el período postexílico, cuando la comunidad restaurada necesitaba reafirmar su monoteísmo frente a las culturas circundantes.

El salmo también cita y combina fragmentos de otros textos bíblicos (Éxodo, Deuteronomio, Jeremías), lo que indica que fue compuesto en una época en que la Escritura ya era una fuente de meditación y oración para la comunidad.

Versículo por versículo

  • 1:

    «Aleluya. Alabad el nombre de Jehová; alabadle, siervos de Jehová». El salmo comienza con un imperativo doble: «alabad». La palabra «Aleluya» (del hebreo halelu-Yah, «alabad a Yah») es tanto un título como una invitación. Los «siervos de Jehová» son probablemente los levitas y sacerdotes que servían en el templo, aunque en un sentido más amplio incluye a todo el pueblo fiel.

  • 2:

    «Los que estáis en la casa de Jehová, en los atrios de la casa de nuestro Dios». La ubicación física importa: la alabanza no es abstracta, sino que se concreta en el espacio donde Dios ha prometido habitar. El templo es el centro de la adoración comunitaria, el lugar donde el cielo y la tierra se encuentran.

  • 3:

    «Alabad a JAH, porque él es bueno; cantad salmos a su nombre, porque es suave». Dos razones para alabar: la bondad intrínseca de Dios y la dulzura o deleite que produce su nombre. «Suave» (hebreo na‘im) sugiere algo agradable, hermoso, digno de ser cantado. La alabanza no es un deber frío, sino una respuesta gozosa a la belleza de Dios.

  • 4:

    «Porque JAH ha escogido a Jacob para sí, a Israel por posesión suya». El fundamento de la alabanza es la elección divina. Dios no eligió a Israel porque fuera grande, sino por su amor soberano (Dt 7:7-8). «Posesión suya» (hebreo segulá) es un término que denota un tesoro personal, una propiedad especial. La identidad del pueblo descansa en esta elección gratuita.

  • 5:

    «Porque yo sé que Jehová es grande, y el Señor nuestro, mayor que todos los dioses». El salmista habla desde la experiencia personal («yo sé»). La grandeza de Dios no es una doctrina abstracta, sino una convicción vivida. La comparación con «todos los dioses» no reconoce su existencia real, sino que ironiza sobre las deidades paganas, como se verá en los versículos siguientes.

  • 6:

    «Todo lo que Jehová quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos». La soberanía de Dios es universal y sin límites. No hay rincón de la creación que escape a su voluntad. Este versículo es una declaración de la providencia divina: Dios no solo creó, sino que sostiene y gobierna todo según su propósito.

  • 7:

    «Hace subir las nubes desde el extremo de la tierra; hace los relámpagos para la lluvia; saca el viento de sus depósitos». Dios controla los fenómenos meteorológicos. En un mundo antiguo donde las tormentas se atribuían a dioses como Baal, el salmista afirma que es Yahvé quien gobierna las nubes, los rayos y el viento. No hay poder natural independiente de su señorío.

  • 8:

    «Él fue el que hirió a los primogénitos de Egipto, desde el hombre hasta la bestia». El salmista pasa de la creación a la redención histórica. La referencia a la décima plaga (Ex 12:29) es un recordatorio del poder de Dios para juzgar y liberar. La mención de «bestia» subraya la totalidad del juicio: nada escapó.

  • 9:

    «Envió señales y prodigios en medio de ti, oh Egipto, contra Faraón y contra todos sus siervos». Las «señales y prodigios» son las diez plagas, que no fueron simples desastres naturales, sino actos teológicos que desafiaban a los dioses de Egipto. Cada plaga era una demostración de que Yahvé es el único Dios verdadero.

  • 10:

    «Él destruyó a muchas naciones, y mató a reyes poderosos». La conquista de Canaán es presentada como un acto de juicio divino. Los reyes de la tierra se opusieron al plan de Dios, pero fueron derrotados. La historia de Israel no es una historia de heroísmo humano, sino de la fidelidad de Dios que cumple sus promesas.

  • 11:

    «A Sehón rey de los amorreos, a Og rey de Basán, y a todos los reinos de Canaán». Se mencionan dos reyes emblemáticos (Nm 21:21-35) como representantes de todos los que se opusieron a Israel. La derrota de estos reyes no fue casual; fue parte del plan redentor de Dios para dar la tierra a su pueblo.

  • 12:

    «Y dio la tierra de ellos en heredad, en heredad a Israel su pueblo». La tierra prometida es un don, no una conquista. La repetición de «heredad» enfatiza que la posesión de la tierra es un regalo de la gracia de Dios, no un derecho adquirido por mérito propio.

  • 13:

    «Oh Jehová, eterno es tu nombre; tu memoria, oh Jehová, de generación en generación». El nombre de Dios es eterno porque su ser es eterno. Su «memoria» (hebreo zéjer) no es un simple recuerdo, sino la fama o reputación que perdura a través de las generaciones. Dios se da a conocer en la historia, y su fama no se desvanece.

  • 14:

    «Porque Jehová juzgará a su pueblo, y se compadecerá de sus siervos». El verbo «juzgar» aquí tiene un sentido de vindicación y gobierno justo. Dios no abandona a su pueblo; interviene para hacer justicia y mostrar compasión. Este versículo cita Dt 32:36, recordando el cántico de Moisés que celebra la fidelidad de Dios incluso en medio del juicio.

  • 15:

    «Los ídolos de las naciones son plata y oro, obra de manos de hombres». El contraste es deliberado: el Dios vivo, que actúa en la historia, frente a los ídolos inertes fabricados por manos humanas. La crítica a la idolatría no es solo teológica, sino también práctica: los ídolos son inútiles porque no pueden hacer nada.

  • 16:

    «Tienen boca, y no hablan; tienen ojos, y no ven». La sátira continúa: los ídolos tienen órganos sensoriales, pero carecen de la capacidad de usarlos. Son imágenes sin vida, objetos mudos y ciegos. La ironía es que los hombres se postran ante algo que es inferior a ellos mismos.

  • 17:

    «Tienen orejas, y no oyen; tampoco hay aliento en sus bocas». La ausencia de «aliento» (hebreo rúaj) es la prueba definitiva de su falta de vida. El rúaj de Dios es el aliento que da vida (Gn 2:7); los ídolos carecen de él. Son cadáveres decorados.

  • 18:

    «Semejantes a ellos son los que los hacen, y cualquiera que confía en ellos». El juicio más severo: el idólatra se vuelve como el ídolo. La confianza en lo que no tiene poder vacía al ser humano de su vitalidad espiritual. Es una advertencia contra toda forma de idolatría, antigua o moderna.

  • 19:

    «Casa de Israel, bendecid a Jehová; casa de Aarón, bendecid a Jehová». El salmo concluye con una serie de llamados a bendecir a Dios, dirigidos a diferentes grupos: Israel (el pueblo), Aarón (los sacerdotes), Leví (los levitas) y «los que teméis a Jehová» (los prosélitos o temerosos de Dios). La alabanza es inclusiva: todos los que reconocen a Dios están llamados a adorarle.

  • 20:

    «Casa de Leví, bendecid a Jehová; los que teméis a Jehová, bendecid a Jehová». La repetición del imperativo «bendecid» crea un crescendo litúrgico. Cada grupo tiene su lugar en la adoración, pero todos se unen en una misma acción: bendecir al Señor.

  • 21:

    «Bendito sea Jehová desde Sion, que mora en Jerusalén. Aleluya». El salmo termina donde empezó: con un «Aleluya». Sion es el lugar de la presencia de Dios, el centro desde donde fluye la bendición. La alabanza no es un sentimiento pasajero, sino una realidad que envuelve toda la vida del pueblo de Dios.

Temas clave

  • Soberanía de Dios sobre la creación y la historia
  • Elección y posesión del pueblo de Dios
  • Futilidad de la idolatría
  • Alabanza como respuesta a la grandeza de Dios
  • Fidelidad de Dios a su pacto

Aplicación

Salmos 135 nos confronta con una pregunta incómoda: ¿en qué o en quién depositamos nuestra confianza? El salmo no solo describe la grandeza de Dios, sino que expone la vacuidad de todo aquello que compite con él por nuestro corazón. Los ídolos del siglo XXI no son de madera o piedra, pero siguen siendo «obra de manos de hombres»: el dinero, el éxito, la aprobación social, la tecnología, incluso nuestras propias capacidades. Todos prometen lo que no pueden dar.

La respuesta del salmo no es moralista («deja de adorar ídolos»), sino teológica: mira a Dios. Contempla lo que ha hecho en la creación y en la redención. Recuerda que te ha elegido no por tu mérito, sino por su amor. La alabanza nace de ese asombro. Cuando la adoración se vuelve rutinaria, quizás es porque hemos olvidado quién es Dios y lo que ha hecho.

El evangelio nos dice que el Dios que «hirió a los primogénitos de Egipto» es el mismo que entregó a su Hijo primogénito para librarnos de la esclavitud del pecado. La soberanía que gobernó las naciones y las tormentas es la misma que obró en la cruz y la resurrección. Por eso, nuestra alabanza no es un eco de un pasado remoto, sino una respuesta viva al Dios que sigue siendo grande y cuya misericordia es eterna.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa «Aleluya» en Salmos 135?

«Aleluya» es una transliteración de la expresión hebrea halelu-Yah, que significa «alabad a Yah» (Yah es una forma abreviada de Yahvé, el nombre personal de Dios). En Salmos 135, aparece al principio y al final del salmo (vv. 1, 21), funcionando como un marco litúrgico que invita a la congregación a unirse en alabanza. Es una palabra de júbilo y reconocimiento de la grandeza de Dios.

¿Por qué Salmos 135 menciona a Sehón y Og?

Sehón, rey de los amorreos, y Og, rey de Basán, fueron dos monarcas cananeos que se opusieron a Israel durante su peregrinación hacia la Tierra Prometida (Nm 21:21-35). Salmos 135:10-11 los menciona como ejemplos del poder de Dios para derrotar a reyes poderosos y dar la tierra a su pueblo. Su inclusión recuerda que la conquista de Canaán no fue un logro militar humano, sino un acto de fidelidad divina al pacto.

¿Cuál es el mensaje principal de Salmos 135?

El mensaje central de Salmos 135 es que Dios es digno de toda alabanza porque es soberano sobre la creación, la historia y las naciones. El salmo contrasta la grandeza del Señor —que actúa, habla, ve y oye— con la inutilidad de los ídolos, que son mudos, ciegos y sordos. Invita al pueblo de Dios a recordar su elección y sus obras redentoras, y a responder con adoración exclusiva y gozosa.

¿Qué significa «posesión suya» en Salmos 135:4?

La frase «posesión suya» traduce el hebreo segulá, un término que designa una propiedad personal y valiosa, como un tesoro reservado. En Salmos 135:4, Dios llama a Israel su segulá, indicando que no es un pueblo más entre las naciones, sino un pueblo escogido por amor y para un propósito especial. Esta idea aparece también en Éxodo 19:5 y Deuteronomio 7:6, subrayando la gracia de la elección divina.

¿Cómo se relaciona Salmos 135 con el Nuevo Testamento?

Salmos 135 anticipa temas que el Nuevo Testamento desarrolla en Cristo. La soberanía de Dios sobre la creación y la historia se cumple en Jesús, «por quien fueron creadas todas las cosas» (Col 1:16). La crítica a los ídolos resuena en Pablo, quien llama a los creyentes a huir de la idolatría (1 Co 10:14). Y la elección de Israel como «posesión suya» prefigura la iglesia como «pueblo adquirido por Dios» (1 P 2:9). La alabanza que el salmo exige encuentra su plena expresión en la adoración de la iglesia reunida en el nombre de Jesús.