Génesis 3:15
15Porei inimizade entre você e a mulher, entre a sua descendência e o descendente dela. Este lhe ferirá a cabeça, e você lhe ferirá o calcanhar.
15Porei inimizade entre você e a mulher, entre a sua descendência e o descendente dela. Este lhe ferirá a cabeça, e você lhe ferirá o calcanhar.
En Génesis 3, la serpiente es un ser astuto que tienta a Eva a desobedecer a Dios. Aunque el texto no la identifica explícitamente como Satanás, la tradición judía y cristiana, especialmente el Nuevo Testamento (Ap 12:9; 20:2), la reconoce como una manifestación de Satanás, el adversario de Dios. Representa la fuente del mal y el engaño que busca destruir la relación de la humanidad con su Creador.
La frase “conocer el bien y el mal” en Génesis 3 no se refiere a una sabiduría moral inherente, sino a una autonomía moral. Antes de comer del fruto, Adán y Eva conocían el bien a través de la obediencia a Dios. Al desobedecer, buscaron definir el bien y el mal por sí mismos, fuera de la voluntad de Dios. Esto les trajo una experiencia de la maldad y sus consecuencias, una sabiduría que no era para su beneficio, sino para su ruina.
El “protoevangelio” (del griego protos, “primero”, y euangelion, “buenas nuevas”) es la primera promesa del evangelio en la Biblia, encontrada en Génesis 3:15. Dios le dice a la serpiente que pondrá enemistad entre ella y la mujer, y entre su descendencia y la descendencia de ella. Promete que la descendencia de la mujer “te aplastará la cabeza”, aunque la serpiente “le morderá el talón”. Esta es una profecía de la victoria final de Jesucristo (el descendiente de la mujer) sobre Satanás, a través de Su sufrimiento en la cruz.
Dios expulsó a Adán y Eva del Jardín del Edén, como se narra en Génesis 3, para impedirles comer del árbol de la vida y vivir para siempre en su estado pecaminoso (Gn 3:22-24). Esta no fue una acción de pura ira, sino de justicia y misericordia. Permitirles la inmortalidad en su condición caída habría perpetuado el pecado y el sufrimiento. La expulsión fue una consecuencia necesaria de su desobediencia, pero también una medida de gracia que apuntaba a una futura redención.
Las maldiciones pronunciadas por Dios en Génesis 3 sobre la serpiente, la mujer y el hombre son tanto castigos divinos como consecuencias intrínsecas del pecado. No son meramente “naturales” en el sentido de que Dios se retira y deja que las cosas sucedan, sino que son decretos divinos que reordenan la creación en respuesta a la desobediencia. El dolor en el parto, la lucha en el trabajo y la enemistad son resultados directos de la intervención de Dios en un mundo ahora caído, que reflejan Su justicia y la seriedad del pecado.
Nova Almeida Atualizada (NAA) © 2017 Sociedade Bíblica do Brasil. Todos os direitos reservados. Usado com permissão.