Lisias
Claudio Lisias fue el tribuno romano que comandaba la guarnición de Jerusalén cuando el apóstol Pablo estuvo a punto de ser linchado en los atrios del templo, hacia el año 57 d.C. El libro de Hechos lo presenta como el oficial que, muchas veces sin entender del todo el caso que tenía delante, mantuvo a Pablo con vida: lo sacó de la turba, detuvo unos azotes ilegales, lo rescató de una sesión violenta del concilio y finalmente lo envió con fuerte escolta al gobernador Félix, en Cesarea.
Su nombre aparece solo en Hechos 23:26 y Hechos 24:22 (y en Hechos 24:7, versículo ausente de los manuscritos más antiguos), pero está presente en todo el pasaje de Hechos 21:31 a 23:30, donde Lucas lo llama simplemente “el tribuno”. Es un personaje secundario, pero sus decisiones llevan el relato de Jerusalén hacia Roma, tal como el Señor resucitado había prometido a Pablo: “así es necesario que testifiques también en Roma” (Hechos 23:11).
No debe confundirse con el general seléucida Lisias, que combatió contra Judas Macabeo en el siglo II a.C. (1 Macabeos 3 a 6), personaje de los libros apócrifos sin relación con Hechos.
1. Etimología y significado
El nombre Lisias (griego Lysias, Λυσίας) es un nombre griego común, relacionado con el verbo lyō, “soltar, liberar”, y con el sustantivo lysis, “liberación”. Lo llevó, por ejemplo, un conocido orador ateniense del siglo V a.C. El nombre sugiere que el tribuno era de origen griego o helenístico, y no romano de nacimiento.
Claudio (griego Klaudios) es un nombre de familia romano. El mismo Lisias le dice a Pablo: “Yo con una gran suma adquirí esta ciudadanía” (Hechos 22:28). El extranjero que recibía la ciudadanía romana solía adoptar el nombre de familia de quien se la otorgaba; por eso es muy probable, aunque el texto no lo diga, que Lisias se hiciera ciudadano bajo el emperador Claudio (41 a 54 d.C.) y tomara su nombre. El historiador Dion Casio cuenta que bajo Claudio la ciudadanía se obtenía con dinero a través de personas cercanas a la corte (Historia romana 60.17).
Su rango se expresa con la palabra griega chiliarchos (χιλίαρχος), literalmente “jefe de mil”, equivalente griego del latín tribunus militum. Comandaba la compañía o cohorte (griego speira, Hechos 21:31) acuartelada en Jerusalén, una unidad que podía llegar a mil hombres e incluía caballería (Hechos 23:23). Por encima de él, en la provincia, estaba el gobernador, entonces Antonio Félix.
2. Contexto histórico y uso bíblico
La guarnición de Jerusalén
Los gobernadores romanos de Judea residían en Cesarea, en la costa, pero una cohorte permanecía en Jerusalén para mantener el orden, sobre todo en las grandes fiestas, cuando la ciudad se llenaba de peregrinos. Hechos habla de “la fortaleza” (Hechos 21:34), a la que se llegaba por “las gradas” (Hechos 21:35, 40). Suele identificarse con la Fortaleza Antonia, en la esquina noroeste de la explanada del templo, que Josefo describe unida a los pórticos del templo por escaleras para que los soldados pudieran intervenir con rapidez (Guerra de los judíos 5.238-247). El arresto de Pablo ocurrió cerca de Pentecostés (Hechos 20:16), en una década marcada por rebeldes y falsos mesías.
El rescate en el templo
Cuando unos judíos de Asia acusaron a Pablo de haber metido griegos en el templo, toda la ciudad se conmovió y la multitud procuró matarlo (Hechos 21:27-31). La noticia llegó al tribuno, que bajó corriendo con soldados y centuriones; al verlos, dejaron de golpear a Pablo (Hechos 21:32). Lisias lo prendió, mandó atarlo con dos cadenas y preguntó quién era y qué había hecho. Como no podía averiguar nada por el alboroto, ordenó llevarlo a la fortaleza; la violencia era tal que los soldados tuvieron que cargarlo en las gradas (Hechos 21:33-35).
La identidad equivocada
Sorprendido de que el preso hablara griego, Lisias le preguntó si no era el egipcio que poco antes había levantado una sedición y sacado al desierto a cuatro mil sicarios (Hechos 21:38). Josefo también menciona a ese falso profeta egipcio, que reunió a una multitud en el monte de los Olivos y huyó cuando Félix lo atacó (Antigüedades 20.169-172; Guerra de los judíos 2.261-263). Pablo se presentó como judío de Tarso, ciudadano de una ciudad no insignificante, y Lisias le permitió hablar al pueblo desde las gradas (Hechos 21:39-40).
Los azotes interrumpidos
El discurso de Pablo terminó en tumulto cuando mencionó su misión a los gentiles. Lisias, que probablemente no siguió el discurso en lengua hebrea (arameo), mandó que lo examinaran con azotes para saber por qué gritaban contra él (Hechos 22:21-24). Cuando lo ataban con correas, Pablo preguntó al centurión si era lícito azotar a un ciudadano romano sin haber sido condenado. El centurión avisó al tribuno, y el diálogo que siguió es revelador: Lisias había comprado su ciudadanía; Pablo la tenía de nacimiento (Hechos 22:25-28). Los que iban a darle tormento se apartaron enseguida, y el tribuno tuvo temor por haber atado a un ciudadano romano (Hechos 22:29).
Ante el concilio
Queriendo saber la acusación real, Lisias soltó a Pablo al día siguiente y mandó reunir a los principales sacerdotes y a todo el concilio (Hechos 22:30). La sesión se convirtió en una disputa entre fariseos y saduceos sobre la resurrección, y el tribuno, temiendo que despedazaran a Pablo, mandó a los soldados arrebatarlo y llevarlo a la fortaleza (Hechos 23:10).
La conjura y la escolta nocturna
Más de cuarenta hombres se juramentaron a no comer ni beber hasta haber matado a Pablo (Hechos 23:12-15). El sobrino de Pablo se enteró y fue llevado ante el tribuno. Lisias tomó al joven de la mano, lo escuchó en privado y le mandó no decírselo a nadie (Hechos 23:16-22). Esa misma noche despachó doscientos soldados, setenta jinetes y doscientos lanceros, que salieron a la hora tercera de la noche, para llevar a Pablo a salvo ante Félix (Hechos 23:23-24).
3. Pasajes principales
Hechos 21:31-40 muestra a Lisias como un hombre de acción rápida. Lucas señala que los golpes cesaron en cuanto aparecieron los soldados: la sola presencia de la autoridad romana salvó la vida de Pablo. Al mismo tiempo, la primera lectura del tribuno fue errónea, pues tomó a Pablo por un rebelde peligroso. Dios usó a un oficial que no entendía el evangelio para proteger a su mensajero.
Hechos 22:24-29 es la escena de las dos ciudadanías. La ley romana prohibía atar y azotar a un ciudadano romano sin juicio. La “gran suma” de Lisias contrasta con el “de nacimiento” de Pablo, y de pronto el poder del soldado cede ante el derecho del prisionero. Pablo ya había apelado a su ciudadanía en Filipos (Hechos 16:37-39); aquí lo hace antes de que caigan los azotes.
Hechos 23:10-30 contiene la única carta de Hechos escrita por un funcionario romano. Comienza así: “Claudio Lisias al excelentísimo gobernador Félix: Salud” (Hechos 23:26). La carta es honesta en lo esencial: a Pablo lo acusaban por cuestiones de la ley judía, sin ningún delito digno de muerte o de prisión (Hechos 23:29). Pero ordena los hechos a favor del tribuno: dice que lo libró habiendo sabido que era romano (Hechos 23:27), cuando en realidad lo supo después, justo antes de mandarlo azotar. Lucas deja que el lector atento note la diferencia.
Hechos 24:22 cierra su historia. Tras oír la acusación de Tértulo y la defensa de Pablo, Félix aplazó el caso: “Cuando descendiere el tribuno Lisias, acabaré de conocer de vuestro asunto”. Hechos nunca registra esa visita, y Pablo quedó preso dos años (Hechos 24:27). En el Textus Receptus, seguido por la Reina-Valera, Hechos 24:6b-8a añade la queja de Tértulo de que Lisias les quitó a Pablo de las manos con gran violencia; las ediciones críticas basadas en los manuscritos más antiguos ponen estas palabras en nota.
4. Significado teológico
Lisias ilustra la providencia de Dios obrando por medio de autoridades comunes. La noche anterior a la escolta, el Señor se presentó a Pablo y le dijo: “Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma” (Hechos 23:11). Los pasos siguientes de esa promesa los ejecutó un oficial pagano que actuó por razones de orden público, de carrera y de prudencia legal. “Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en la mano de Jehová” (Proverbios 21:1), y el mismo Pablo enseñó que la autoridad es “servidor de Dios para tu bien” (Romanos 13:4).
Lisias forma parte también de un patrón en la obra de Lucas: las autoridades romanas concluyen una y otra vez que el acusado es inocente. Pilato no halló delito en Jesús (Lucas 23:4, 14, 22); Galión se negó a juzgar a Pablo (Hechos 18:14-15); Lisias no halló nada digno de muerte (Hechos 23:29); Festo y Agripa dirían lo mismo (Hechos 25:25; 26:31-32). El evangelio no es un crimen político, y sus mensajeros sufren como inocentes, siguiendo a su Señor.
5. Legado y referencias canónicas
Fuera de Hechos 21 a 24, Lisias no aparece en las Escrituras, y ninguna fuente antigua añade información fiable sobre él. Todo lo que sabemos viene de Lucas: su rango, su ciudadanía comprada, su nombre, su carta y sus decisiones. Las referencias canónicas son Hechos 21:31-40; 22:24-30; 23:10; 23:15-30; 24:22, además del discutido 24:7. La Biblia no dice si llegó a creer.
Su legado es el de un instrumento: un hombre que protegió al apóstol en el momento más peligroso de su vida y abrió el camino hacia Cesarea, donde Pablo testificaría ante Félix, Festo y Agripa, y de allí hacia Roma.
6. Aplicación para hoy
Lisias nos recuerda que Dios nunca está limitado a los instrumentos que nosotros elegiríamos. Un tribuno que no entendía la disputa, que confundió a Pablo con un rebelde y que estaba dispuesto a azotarlo, llegó a ser el medio de su liberación. Quien vive bajo la promesa de Cristo puede enfrentar situaciones hostiles o confusas sabiendo que el Señor gobierna también sobre ellas.
Su carta es también una advertencia. Lisias dijo la verdad sobre la inocencia de Pablo, pero adornó su propio papel en la historia. La tentación de reacomodar los hechos para proteger nuestra imagen es antigua; el discípulo de Jesús está llamado a hablar verdad aun cuando no lo favorezca (Efesios 4:25).
Por último, el contraste entre “la compré” y “nací ciudadano” apunta más allá del derecho romano. Nuestra ciudadanía en los cielos (Filipenses 3:20) no la compramos nosotros a ningún precio; Cristo la adquirió para nosotros con su sangre preciosa (1 Pedro 1:18-19), y la recibimos por el nuevo nacimiento. Esa es la verdadera seguridad del creyente: no la protección de un imperio, sino pertenecer al Rey que le dijo a Pablo en la noche: “Ten ánimo”.