Limosna

La limosna es la dádiva de dinero, alimento o bienes hecha al pobre por compasión. La palabra puede sonar anticuada hoy, pero la práctica está en el corazón de la fe bíblica. Desde la Ley de Moisés hasta la iglesia primitiva, se esperaba que el pueblo de Dios abriera la mano al necesitado, y Jesús habló de la limosna como algo que sus discípulos simplemente harían: “cuando des limosna”, no “si das”.

Al mismo tiempo, las Escrituras se preocupan profundamente por el motivo por el cual damos. Jesús advirtió contra la limosna que busca aplauso, y los apóstoles mostraron que la generosidad fluye de la gracia de Dios en Cristo, no del deseo de ganar su favor. Este artículo examina el vocabulario, el trasfondo en la ley de Israel, los pasajes principales y el sentido de la limosna para el creyente hoy.

1. Etimología y significado

La palabra “limosna” viene, a través del latín eleemosyna, del griego eleēmosynē (ἐλεημοσύνη), derivado de eleos, “misericordia”. En su origen, pues, la limosna es un acto de misericordia. En el Nuevo Testamento eleēmosynē aparece sobre todo en Mateo, Lucas y Hechos, y siempre se refiere a una ayuda concreta dada a quien pasa necesidad.

El Antiguo Testamento no tiene un término técnico único para la limosna. Describe la generosidad con expresiones vivas como “abrirás a él tu mano liberalmente” (hebreo pātōaḥ tiptaḥ 'et-yādĕkā, Deuteronomio 15:8, 11). La palabra hebrea tsedaqah (צְדָקָה), “justicia”, es importante aquí: la Septuaginta griega a veces la traduce por eleēmosynē (por ejemplo, Deuteronomio 6:25), y el uso judío posterior hizo de tsedaqah una palabra común para la caridad. El vínculo es instructivo: en la Biblia, ayudar al pobre no es un extra opcional, sino parte de vivir rectamente delante de Dios. La misma conexión explica un detalle textual en Mateo 6:1: la mayoría de los manuscritos antiguos dice “vuestra justicia”, mientras otros dicen “limosna”.

2. Contexto histórico y uso bíblico

El cuidado del pobre en la Ley

La Ley de Moisés incorporó la generosidad a la vida económica de Israel. Los agricultores no debían segar hasta el último rincón de su campo ni espigar lo caído, sino dejarlo para el pobre y el extranjero (Levítico 19:9-10; Deuteronomio 24:19-22), como ilustra la historia de Rut. Cada tres años se guardaba un diezmo en las ciudades para el levita, el extranjero, el huérfano y la viuda (Deuteronomio 14:28-29). En el séptimo año se perdonaban las deudas (Deuteronomio 15:1-2).

La limosna en tiempos de Jesús

En el siglo primero, dar a los pobres se había convertido en una de las marcas centrales de la piedad judía, junto con la oración y el ayuno. Los mendigos se reunían junto a los lugares de culto y las puertas concurridas, esperando ayuda de quienes venían a orar. Algunos escritos judíos de la época, como el libro de Tobías (que no forma parte del canon protestante), exaltaban la limosna en términos que sugerían que podía expiar el pecado (Tobías 12:9). Las Escrituras nunca enseñan eso. Jesús aceptó la limosna como un deber, pero purificó su motivo, y los apóstoles la situaron firmemente dentro del evangelio de la gracia.

En la iglesia primitiva

Los primeros cristianos compartían sus bienes de modo que ninguno entre ellos pasaba necesidad (Hechos 2:44-45; 4:34-35). La distribución diaria a las viudas llevó a la elección de los Siete (Hechos 6:1-6). Dorcas fue recordada porque “abundaba en buenas obras y en limosnas que hacía” (Hechos 9:36), y los apóstoles de Jerusalén pidieron a Pablo que se acordara de los pobres, lo cual él procuró con diligencia (Gálatas 2:10).

3. Principales pasajes

Deuteronomio 15:7-11 prohíbe endurecer el corazón o cerrar la mano al hermano pobre. Incluso advierte contra negar un préstamo porque el año de la remisión está cerca (Deuteronomio 15:9). Termina uniendo realismo y mandamiento: “Porque no faltarán menesterosos en medio de la tierra; por eso yo te mando, diciendo: Abrirás tu mano a tu hermano” (Deuteronomio 15:11). Jesús hizo eco de estas palabras al decir: “siempre tendréis pobres con vosotros” (Mateo 26:11).

Proverbios 19:17 ofrece una promesa notable: “A Jehová presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar.” Dios se identifica tanto con el pobre que considera la dádiva hecha a él como un préstamo hecho a sí mismo.

Mateo 6:1-4 es la enseñanza central de Jesús. Advierte contra hacer la justicia “para ser vistos” y describe a los hipócritas que “hacen tocar trompeta” en las sinagogas y en las calles. Si esto se refiere a una trompeta literal o es una figura vívida de autopromoción, se discute; el punto, de todos modos, es claro. Ellos “ya tienen su recompensa”, expresión que en griego sugiere una cuenta pagada por completo. En cambio: “Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.” Esto no contradice el llamado a que alumbre nuestra luz (Mateo 5:16); la diferencia está en el fin: la gloria de Dios, no la nuestra.

Hechos 3:2-3 cuenta de un hombre cojo de nacimiento al que ponían cada día a la puerta del templo llamada la Hermosa para pedir limosna. Cuando pidió a Pedro y a Juan, Pedro respondió: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6). El mendigo pidió una moneda y recibió sanidad y vida nueva.

Hechos 10:2, 4, 31 presenta a Cornelio, centurión temeroso de Dios que “hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre”. El ángel le dijo que sus oraciones y sus limosnas habían “subido para memoria delante de Dios”, lenguaje que recuerda la porción memorial de las ofrendas (Levítico 2:2). Aun así, Cornelio necesitaba oír palabras “por las cuales serás salvo” (Hechos 11:14). Su generosidad fue notada por Dios, pero la salvación llegó por la fe en Cristo.

Hechos 24:17 registra la defensa de Pablo ante Félix: “Pero pasados algunos años, vine a hacer limosnas a mi nación y presentar ofrendas.” Se trata de la colecta que había reunido entre las iglesias gentiles para los creyentes pobres de Jerusalén (Romanos 15:25-27; 1 Corintios 16:1-4; 2 Corintios 8-9).

4. Significado teológico

La limosna refleja el carácter de Dios, que “hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido” (Deuteronomio 10:18). Quien ha recibido misericordia es llamado a mostrar misericordia. Pablo fundamenta la generosidad en el evangelio mismo: “por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9).

Por eso la limosna nunca es un precio pagado por la salvación. Somos salvos por gracia, por medio de la fe, no por obras, y sin embargo creados en Cristo Jesús para buenas obras (Efesios 2:8-10). La generosidad es fruto de una fe viva, y su ausencia es una señal de alarma (Santiago 2:15-17; 1 Juan 3:17). La recompensa que Jesús promete es real, pero es la recompensa bondadosa de un Padre, no un salario que se le debe a un acreedor. En Mateo 25:35-40 el Rey recibe como hecho a sí mismo lo que se hizo a “uno de estos mis hermanos más pequeños”.

5. Legado y referencias canónicas

Además de los pasajes anteriores, Jesús mandó a sus discípulos vender lo que poseían y dar limosna, haciéndose tesoro en los cielos (Lucas 12:33), y alabó a la viuda pobre que dio todo lo que tenía (Marcos 12:41-44). Pablo enseñó que Dios ama al dador alegre (2 Corintios 9:7). A lo largo de la historia de la iglesia, el cuidado del pobre ha sido una marca de las comunidades cristianas. En la Reforma, los líderes protestantes rechazaron la idea de la limosna como satisfacción por los pecados, pero insistieron en un cuidado organizado de los necesitados, confiado a menudo a los diáconos.

6. Aplicación para hoy

La limosna hace tres preguntas a todo creyente. Primera: ¿doy? Las Escrituras dan por sentado que los seguidores de Cristo ayudarán a los pobres de forma regular y concreta, no solo de palabra (1 Juan 3:18). Segunda: ¿por qué doy? Las redes sociales y el reconocimiento público hacen fácil “tocar trompeta”. Jesús nos invita a dar donde solo el Padre ve. Tercera: ¿qué doy? Como Pedro, quizá no tengamos plata ni oro, pero siempre podemos señalar a las personas a Jesús, y muchas veces podemos ofrecer tanto ayuda práctica como el evangelio.

Dar en secreto nos libera de la necesidad de aplauso y nos enseña a confiar en un Padre que ve. Y porque Cristo se hizo pobre por nosotros, cada dádiva al necesitado se vuelve un pequeño eco de la gracia que hemos recibido.