Cena del Señor
La Cena del Señor es la comida instituida por Jesucristo la noche en que fue entregado, cuando, durante la cena de la Pascua con sus discípulos, tomó el pan y la copa y los dio como señales de su cuerpo entregado y de su sangre derramada para remisión de los pecados. Junto con el bautismo, es una de las dos ordenanzas, o sacramentos, que el Señor mandó guardar a su iglesia.
El Nuevo Testamento registra su institución cuatro veces (Mateo 26:26-29; Marcos 14:22-25; Lucas 22:14-20; 1 Corintios 11:23-26) y da instrucciones para su práctica, sobre todo en 1 Corintios 10:16-17 y 11:17-34. La iglesia también la llama Santa Cena, Comunión, Eucaristía y partimiento del pan. Los cristianos han discrepado profundamente sobre cómo está presente Cristo en ella, pero todos coinciden en que está en el corazón del culto cristiano, porque pone la cruz en el centro de la iglesia reunida.
1. Etimología y significado
La expresión viene de 1 Corintios 11:20: kyriakon deipnon (κυριακὸν δεῖπνον), “la cena del Señor”. Deipnon era la comida principal del día, que se tomaba al atardecer. El adjetivo kyriakos, “perteneciente al Señor”, aparece en otro lugar del Nuevo Testamento solo en “el día del Señor” (Apocalipsis 1:10). La comida pertenece al Señor: él la instituyó, él es el anfitrión, y ella anuncia su muerte.
Otros nombres también vienen del texto bíblico. Eucaristía deriva del verbo eucharisteō, “dar gracias”, porque Jesús dio gracias sobre el pan y la copa (Lucas 22:17, 19; 1 Corintios 11:24). Comunión traduce koinōnia, “participación, comunión”: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo?” (1 Corintios 10:16). Lucas habla del “partimiento del pan” (Hechos 2:42; 20:7).
La palabra “memoria” es también central. Jesús dijo: “haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:19; 1 Corintios 11:24-25), con el griego anamnēsis (ἀνάμνησις). Detrás está la idea hebrea de zikkaron (זִכָּרוֹן), “memorial”, palabra usada para la misma Pascua (Éxodo 12:14). La fiesta se llamaba pesach (פֶּסַח), porque Jehová “pasó de largo” las casas marcadas con sangre (Éxodo 12:13, 27).
2. Contexto histórico y uso bíblico
El trasfondo de la Pascua
Los Evangelios sinópticos presentan la última cena como una comida pascual (Marcos 14:12-16; Lucas 22:15). Israel celebraba la Pascua como memorial de su liberación de Egipto: se sacrificaba un cordero, su sangre marcaba las puertas y la familia comía panes sin levadura y hierbas amargas (Éxodo 12:1-28). El Evangelio de Juan parece seguir otro calendario (Juan 18:28; 19:14), y los estudiosos aún debaten cómo armonizar los relatos; lo claro es que Jesús dio deliberadamente a su última comida un sentido pascual. Pablo hace explícito el vínculo: “nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada” (1 Corintios 5:7).
El nuevo pacto
Sobre la copa Jesús habló del pacto: “esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:28). Las palabras evocan la ratificación del pacto en el Sinaí, cuando Moisés roció “la sangre del pacto” (Éxodo 24:8), y la promesa de un nuevo pacto en el que Dios perdonaría la maldad y no se acordaría más del pecado (Jeremías 31:31-34). Lucas y Pablo lo dicen directamente: esta copa es el nuevo pacto en mi sangre (Lucas 22:20; 1 Corintios 11:25).
En la iglesia primitiva
Desde el principio los creyentes perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones (Hechos 2:42). En Troas la iglesia se reunía “el primer día de la semana” para partir el pan (Hechos 20:7). En Corinto la Cena formaba parte de una comida compartida, y allí surgieron los abusos que Pablo corrige. Pablo insiste en que no inventó la práctica: “recibí del Señor lo que también os he enseñado” (1 Corintios 11:23).
3. Pasajes principales
Mateo 26:26-29 y Marcos 14:22-25 dan las palabras centrales: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo”, y sobre la copa, la sangre del pacto derramada por muchos. Mateo añade “para remisión de los pecados”. Ambos terminan con una promesa: Jesús no volverá a beber del fruto de la vid hasta beberlo nuevo en el reino de Dios. La Cena mira atrás, a la cruz, y adelante, al banquete del reino.
Lucas 22:14-20 comienza con el anhelo de Jesús: “¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca!” (Lucas 22:15). Lucas menciona una copa antes del pan y otra después de la cena, lo que concuerda con las varias copas de la comida pascual, y registra el mandato: “haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:19).
1 Corintios 10:16-17 subraya la comunión: la copa es comunión de la sangre de Cristo, el pan comunión de su cuerpo, y “siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo”. El contexto es una advertencia contra la idolatría: no se puede beber la copa del Señor y la copa de los demonios (1 Corintios 10:21).
1 Corintios 11:17-34 es la instrucción más completa. Las reuniones de los corintios hacían más daño que bien, porque los ricos comían su propia cena mientras otros pasaban hambre (11:21-22). Pablo repite las palabras de la institución y añade: “Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (11:26). Quien come “indignamente” será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor; cada uno debe probarse a sí mismo y discernir el cuerpo (11:27-29). Pablo incluso relaciona la debilidad, la enfermedad y la muerte de algunos con este pecado (11:30) y concluye: cuando os reunís a comer, esperaos unos a otros (11:33).
4. Significado teológico
La Cena es ante todo memoria. El recordar bíblico no es mero recuerdo; como en la Pascua, pone el acontecimiento salvador delante del pueblo para que lo reciba de nuevo por la fe. Es también proclamación: la iglesia predica la cruz con pan y copa (1 Corintios 11:26). Es comunión con Cristo y unos con otros (1 Corintios 10:16-17). Y es anticipación, un anticipo de la cena de las bodas del Cordero (Apocalipsis 19:9).
La Cena no repite el sacrificio de Cristo. Él se ofreció “una vez para siempre”, y “con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:10, 14; 9:25-28). Por eso los reformadores rechazaron la enseñanza medieval de la misa como sacrificio ofrecido por los vivos y los muertos, y la doctrina de la transustanciación, según la cual la sustancia del pan y del vino se convierte en el cuerpo y la sangre de Cristo.
Los protestantes, sin embargo, han sostenido distintas posturas sobre la presencia de Cristo. Lutero enseñó una presencia corporal real “en, con y bajo” el pan y el vino. Zuinglio enfatizó la memoria y la confesión pública, postura memorial que hoy sostienen muchos bautistas y evangélicos. Calvino y las confesiones reformadas enseñaron que Cristo está verdaderamente presente, no de modo corporal sino espiritual, y que los creyentes, por la fe y mediante el Espíritu Santo, realmente se alimentan de Cristo crucificado (Confesión de Fe de Westminster 29.7). Lutero y Zuinglio no llegaron a un acuerdo en Marburgo en 1529. Queda un terreno común: el sacrificio de la cruz está consumado, sus beneficios se reciben por la fe, y la mesa es para los que pertenecen a Cristo.
Las palabras “esto es mi cuerpo” las pronunció Jesús mientras estaba físicamente presente en la mesa. Muchos intérpretes protestantes las leen como lenguaje sacramental, en el que la señal recibe el nombre de lo que significa, así como el cordero era llamado “la Pascua de Jehová” (Éxodo 12:11). Muchos también entienden el discurso de Juan 6, sobre comer la carne del Hijo del Hombre, principalmente como un llamado a creer en Cristo (Juan 6:35, 47, 63), aunque arroje luz sobre lo que la Cena significa.
5. Legado y referencias canónicas
La Cena del Señor se ha celebrado sin interrupción desde la era apostólica. Las iglesias difieren en la frecuencia (semanal, mensual o trimestral) y en la forma, pero el núcleo se ha mantenido: las palabras de la institución, la acción de gracias, el pan y la copa compartidos entre los bautizados. Las principales referencias canónicas son Mateo 26:26-29; Marcos 14:22-25; Lucas 22:14-20; Hechos 2:42, 46; 20:7; 1 Corintios 5:7-8; 10:16-22; 11:17-34, con el trasfondo de Éxodo 12, Éxodo 24:8 y Jeremías 31:31-34.
6. Aplicación para hoy
La mesa nos llama a mirar atrás, adentro, alrededor y adelante. Miramos atrás, a la cruz, recordando que nuestra salvación descansa en una obra consumada y no en nuestro mérito. Miramos adentro, examinándonos, no para averiguar si somos lo bastante buenos para acercarnos, sino para acercarnos con arrepentimiento y fe; la Cena es pan para necesitados, no premio para los fuertes.
Miramos alrededor. Pablo reprendió a una iglesia que humillaba a sus pobres en la mesa del Señor. Las divisiones, el desprecio y las ofensas no resueltas contradicen el único pan que compartimos, y por eso vale aquí la palabra de Jesús: reconcíliate primero con tu hermano (Mateo 5:23-24). Y miramos adelante, porque cada celebración dice “hasta que él venga”. El mismo Señor que se entregó por nosotros se sentará a la mesa con su pueblo en el reino. Hasta entonces, cada vez que comemos y bebemos, anunciamos su muerte con gratitud y esperanza.