Abominación

En el habla común, una abominación es algo repugnante. En la Biblia la palabra es más fuerte y más precisa: nombra lo que Dios mismo detesta, lo que choca tan profundamente con su santidad que no puede permanecer en su presencia. El término abarca ídolos y ritos paganos, pecados sexuales y sociales, negocios deshonestos y aun el culto ofrecido por corazones que no se arrepienten.

El concepto alcanza su forma más conocida en la expresión “abominación desoladora”, tomada del libro de Daniel y repetida por Jesús en su enseñanza en el monte de los Olivos. Para entenderla hay que ver cómo el Antiguo Testamento usa el vocabulario de la abominación y cómo el Nuevo Testamento lo recoge a la luz de Cristo.

1. Etimología y significado

Dos palabras hebreas están detrás de la mayoría de las traducciones. La primera es to'evah (תּוֹעֵבָה), que aparece mucho más de cien veces. Describe algo aborrecible según un criterio determinado. A veces el criterio es humano: para los egipcios era abominación comer con los hebreos (Génesis 43:32), y todo pastor de ovejas les era abominación (Génesis 46:34). Pero la mayoría de las veces el criterio es Dios mismo, como en la expresión frecuente “abominación a Jehová” (Deuteronomio 7:25; Proverbios 11:1).

La segunda palabra es shiqquts (שִׁקּוּץ), “cosa detestable”, emparentada con sheqets (שֶׁקֶץ), usada para los animales inmundos (Levítico 11:10-13). Shiqquts está casi siempre ligada a los ídolos: Milcom es llamado “ídolo abominable de los amonitas” y Quemos “ídolo abominable de Moab” (1 Reyes 11:5, 7). Es la palabra de la expresión de Daniel shiqquts meshomem, “la abominación desoladora”. En el griego de la Septuaginta y del Nuevo Testamento, el equivalente habitual es bdelygma (βδέλυγμα), de un verbo que significa sentir repulsión.

2. Contexto histórico y uso bíblico

Idolatría y prácticas de las naciones

La Ley coloca la idolatría en el centro de lo que Dios abomina. Israel debía quemar las esculturas de los dioses cananeos y ni siquiera codiciar la plata y el oro que las cubrían, “porque es abominación a Jehová tu Dios” (Deuteronomio 7:25). Llevar tal objeto a casa haría a la familia “anatema” como él (Deuteronomio 7:26). El sacrificio de hijos, la adivinación, la hechicería y la consulta a los muertos reciben el mismo veredicto (Deuteronomio 18:9-12).

Levítico 18 enumera relaciones sexuales prohibidas, entre ellas el incesto, el adulterio, la relación homosexual y la bestialidad, y llama a estas prácticas abominaciones de las naciones que habitaban Canaán antes de Israel (Levítico 18:22-30). La tierra misma se describe como contaminada y “vomitando” a sus moradores, y se advierte a Israel que lo mismo le ocurriría si seguía esas costumbres (Levítico 18:28).

Ética, justicia y culto

La abominación no es solo cuestión de rito. Las pesas y medidas falsas son abominación a Jehová (Deuteronomio 25:13-16; Proverbios 11:1). Proverbios enumera siete cosas que él aborrece: los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso y el que siembra discordia entre hermanos (Proverbios 6:16-19). Incluso los actos religiosos se vuelven abominables cuando se separan de la obediencia: “El sacrificio de los impíos es abominación a Jehová” (Proverbios 15:8), y por medio de Isaías Dios llama abominación al incienso de Judá, porque sus manos estaban llenas de sangre (Isaías 1:13-15).

Abominaciones en el templo

Los profetas denunciaron abominaciones introducidas en la casa misma de Dios. A Ezequiel se le mostraron ídolos, ritos paganos y culto al sol dentro de los atrios del templo, cada escena peor que la anterior (Ezequiel 8:6-16). Jeremías acusó al pueblo de cometer abominaciones y luego presentarse en el templo diciendo: “Librados somos” (Jeremías 7:10). La peor abominación no es la idolatría lejana, sino la idolatría en el corazón del culto.

3. Principales pasajes

Deuteronomio 7:25-26 muestra que la abominación contamina: lo que pertenece a la idolatría no puede guardarse como recuerdo inofensivo. Levítico 18:22-30 muestra que las normas de Dios para el cuerpo y la familia no son preferencias arbitrarias, sino parte de la santidad de su pueblo en su tierra. Proverbios 6:16-19 muestra que el orgullo, la mentira, la violencia y la división son tan detestables para Dios como cualquier rito pagano.

En Daniel la expresión adquiere un tono profético e histórico. Daniel 11:31 predice un rey cuyas tropas profanarán el santuario, quitarán el continuo sacrificio y pondrán “la abominación desoladora”. Daniel 12:11 repite la expresión y añade un período de 1.290 días. Daniel 9:27, dentro de la profecía de las setenta semanas, dice que con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación decretada. La historia registrada en 1 Macabeos (libro histórico judío que no forma parte del canon protestante) cuenta que en el año 167 a.C. el rey seléucida Antíoco IV Epífanes erigió una “abominación de la desolación” sobre el altar de Jerusalén e hizo cesar los sacrificios (1 Macabeos 1:54). Muchos intérpretes ven Daniel 11:31 cumplido en ese hecho. Algunos estudiosos sugieren además, como hipótesis, que shiqquts meshomem sería un juego de palabras burlón con Baal Shamem, “señor de los cielos”, título del dios pagano honrado en el templo.

Jesús, sin embargo, habló todavía de la abominación como algo futuro: “Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee, entienda), entonces los que estén en Judea, huyan a los montes” (Mateo 24:15-16; compárese Marcos 13:14). El paralelo de Lucas habla de Jerusalén rodeada de ejércitos y dice que su destrucción ha llegado (Lucas 21:20). Los intérpretes evangélicos lo leen de distintas maneras. Muchos ven su cumplimiento en el sitio romano y la destrucción del templo en el año 70 d.C. Otros ven un cumplimiento final en el hombre de pecado, que “se sienta en el templo de Dios” (2 Tesalonicenses 2:3-4). Muchos sostienen que la profecía tuvo un primer cumplimiento en el año 70 y apunta más allá, hasta el fin. Las Escrituras no resuelven todos los detalles, y la humildad es apropiada.

4. Significado teológico

La abominación es la imagen en negativo de la santidad. Dios no es neutral ante el mal; ama la justicia y aborrece lo que la destruye. Al mismo tiempo, la Biblia distingue entre leyes ligadas al sistema ceremonial de Israel, como los alimentos inmundos (Deuteronomio 14:3), que Jesús declaró cumplidas al hacer limpios todos los alimentos (Marcos 7:19; compárese Hechos 10:15), y normas morales que el Nuevo Testamento reafirma, como el rechazo de la idolatría, la inmoralidad sexual, la avaricia y el fraude (1 Corintios 6:9-10).

Jesús también volvió el concepto contra los que se creían justos: “lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación” (Lucas 16:15). Nadie queda fuera del veredicto. Pero el evangelio no se detiene en la condenación. Pablo sigue su lista de pecados con estas palabras: “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Corintios 6:11). En la cruz, Cristo cargó el juicio que merece lo abominable, para que los pecadores pudieran ser limpiados.

5. Legado y referencias canónicas

El vocabulario recorre la Ley, los Profetas y los libros sapienciales y llega al Nuevo Testamento. Apocalipsis describe a la gran Babilonia con un cáliz de oro “lleno de abominaciones” (Apocalipsis 17:4-5) y declara que en la nueva Jerusalén no entrará ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero (Apocalipsis 21:27). La Biblia termina así donde comenzó la Ley: la morada de Dios con su pueblo ha de ser santa, y solo la gracia hace a las personas aptas para ella.

6. Aplicación para hoy

La idea de abominación confronta a una cultura que prefiere decir que nada es realmente detestable. Las Escrituras nos llaman a compartir los juicios de Dios, a aborrecer lo malo y seguir lo bueno (Romanos 12:9). Eso incluye ídolos que no tienen estatua: el dinero, el éxito, el placer y la propia imagen pueden ocupar el lugar de Dios tan ciertamente como Quemos o Milcom.

Pero la misma lista que incluye el pecado sexual incluye el orgullo, la mentira y sembrar discordia. Ningún creyente puede señalar las abominaciones ajenas ignorando las propias. La respuesta correcta es el arrepentimiento y la confianza en Cristo, que lava y hace nuevo. La iglesia está llamada a mantener las normas de Dios sin suavizarlas y a ofrecer la misericordia de Dios sin restringirla, para que los que estaban lejos sean hechos cercanos por su sangre.